Yo en realidad tampoco creo en los ángeles, aunque no les haya pedido milagros, solo una explicación. Quiero saber si volverá. Si podré volver a cruzar mis manos con las suyas, como antes solíamos hacer. Le he pedido tantas veces al cielo que le lleve otra vez hasta mi que mis labios se han cansado y han decicido enmudecer. Finjo no oir las notícias mientras hablan de la guerra que estalla más allá de la tierra y del mar que yo conozco. Lejos, donde no puedo saber siquiera si está vivo o sano, o si lo han dejado muerto, sin vida, en una fosa común qualquiera; solo he hecho que rezar.
Pero no hay nada más allá, solo vacío, o alguien que finje no escuchar. Odio el mundo que piso, me gustaría dejarlo atrás. Marcharme con él, a otro lugar. A nuestro mundo interior, el que se creaba cada vez que me miraba y no recordaba que estaba pisando el suelo con los pies. Sigo llendo a la playa donde nos despedimos, esa playa a la que solíamos ir. Donde me dijo por primera vez un te quiero... y un adiós. Pero yo no quise decirle adiós, y nunca lo haré. Dije solamente: hasta luego. Porque quiero creer que habrá un después, que volveremos a sentarnos en la arena a oler el mar y dejar que la brisa nos despeine, a mirarle a los ojos y decirle cuanto le quiero, aunque nunca encuentre las palabras suficientes. Daniel, se lo he pedido a Dios, a los ángeles y al cielo, pero ahora te lo pido a ti. Vuelve.
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