Estoy segura de que es un sueño porque mi padre está frente a mí, sentado en una silla con un aurea de luz iluminándolo a él y a su alrededor. Me sonríe. Ahora, en su pecho, empieza a formarse una mancha color escarlata. Me asusto, aunque sepa que solo estoy viviendo algo que ya he vivido antes. Mi padre, un ángel, está muriendo. Me acerco corriendo a él y pongo mi mano sobre su herida, taponándola. El borboteo de la sangre retumba en mi cabeza. Sé que cuando despierte mi padre seguirá muerto y yo queriendo vengarle, pero no puedo volver a verle morir.
-¡Papá! Papá, no te mueras- digo, notando que la sangre no deja de salir.
-No te preocupes, Cat- me dice, sin dejar de sonreír.
Le apoyo en el suelo, le estiro, aunque esa imagen me recuerde a cuando le encontré en el suelo del área de servicio, en un charco de sangre, en medio de la gasolinera, tirado en el suelo.
-¡¿Que no me preocupe?! ¡Pero si no tengo a nadie más!
-Tienes a Jotapé- murmura, como si le costase un gran esfuerzo hacerlo- No quiero que me vengues, cariño. La venganza es un sentimiento impulsivo al que luego, con más calma, no se le encuentra sentido. No juegues con el fuego del infierno... te puedes quemar- añade, esta vez más serio.
-Voy a vengarte y no moriré en el intento, papá. Te lo aseguro.
-Cat...
-¡No, papá! ¿No lo entiendes? ¡Yo no quiero volver a perderte, yo te quiero!- digo, entre sollozos.
¿Cómo puede sonreír todo el rato?
-Cat, acércate a un demonio...y este te quemará.
No lo entiendo, no voy a acercarme a un demonio a menos que sea para matarle.
-Te quiero- dice en un último suspiro.
Y cierra los ojos y yo siento que vuelvo a estar perdida, perdida y sin nadie. Sí, acudiré a Jotapé y, por primera vez, desobedeceré a mi padre. Me quemaré en el infierno si hace falta, pero le vengaré.
Con esa frase aún retumbando en mi cabeza, me despierto de golpe en el autobús que me dejará cerca de la parroquia de Jotapé. Allí empezaré mi búsqueda, y luego, seguiré la llama que se oculta bajo mi piel. Ansiosa de venganza.
-¡Papá! Papá, no te mueras- digo, notando que la sangre no deja de salir.
-No te preocupes, Cat- me dice, sin dejar de sonreír.
Le apoyo en el suelo, le estiro, aunque esa imagen me recuerde a cuando le encontré en el suelo del área de servicio, en un charco de sangre, en medio de la gasolinera, tirado en el suelo.
-¡¿Que no me preocupe?! ¡Pero si no tengo a nadie más!
-Tienes a Jotapé- murmura, como si le costase un gran esfuerzo hacerlo- No quiero que me vengues, cariño. La venganza es un sentimiento impulsivo al que luego, con más calma, no se le encuentra sentido. No juegues con el fuego del infierno... te puedes quemar- añade, esta vez más serio.
-Voy a vengarte y no moriré en el intento, papá. Te lo aseguro.
-Cat...
-¡No, papá! ¿No lo entiendes? ¡Yo no quiero volver a perderte, yo te quiero!- digo, entre sollozos.
¿Cómo puede sonreír todo el rato?
-Cat, acércate a un demonio...y este te quemará.
No lo entiendo, no voy a acercarme a un demonio a menos que sea para matarle.
-Te quiero- dice en un último suspiro.
Y cierra los ojos y yo siento que vuelvo a estar perdida, perdida y sin nadie. Sí, acudiré a Jotapé y, por primera vez, desobedeceré a mi padre. Me quemaré en el infierno si hace falta, pero le vengaré.
Con esa frase aún retumbando en mi cabeza, me despierto de golpe en el autobús que me dejará cerca de la parroquia de Jotapé. Allí empezaré mi búsqueda, y luego, seguiré la llama que se oculta bajo mi piel. Ansiosa de venganza.
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